En la adolescencia, muchas tuvimos «la charla» —un primer paso para comprender los cambios en nuestro cuerpo—. Pero las realidades tácitas de la feminidad suelen comenzar mucho después, en forma de cambios hormonales, acné inexplicable y cargas emocionales más profundas.
Quizás lo recuerdes bien: sentada con una persona adulta de confianza o una amiga mayor, intentando comprender, con cierta incomodidad, los misterios de la menstruación, las compresas, los brotes de acné, los cambios de humor y qué esperar cuando tu cuerpo decide cambiar sin previo aviso.
Era algo personal, a menudo un poco incómodo, pero extrañamente reconfortante. Alguien te guiaba a través de algo desconocido.
Pero en algún momento, la conversación cesó.
Nadie nos habló en privado sobre la perimenopausia y por qué de repente no puedes dormir toda la noche. Nadie nos advirtió que el acné podría reaparecer con fuerza a los 30, o que el sexo podría ser diferente (y no como lo sugieren las páginas de bienestar de Instagram). Nadie nos dijo que la endometriosis no solo afecta el ciclo menstrual, sino que también puede afectar la carrera profesional, la piel, la salud mental y las relaciones personales.
Se espera que nos adaptemos en silencio, que lo resolvamos solas o, peor aún, que finjamos que nada ha cambiado.
Pero las cosas han cambiado. Y merece la pena hablar de ello.